Los Mendiolaza antes de Mendiolaza

Los lazos entre el poder y el dinero

Los Mendiolaza antes de Mendiolaza demendiolaza

 Mendiolaza celebra hoy 124 años. La celebración fue instituida en 2019, reconociendo como fecha fundacional el 30 de octubre de 1901, cuando Don Pedro Diez adquirió las tierras que habían pertenecido a Francisco Javier Eusebio Mendiolaza,

Mucho antes de que el nombre Mendiolaza quedara ligado a esta geografía, fue el apellido de una familia de comerciantes que tejieron una red económica y social que abarcó desde el Río de la Plata hasta los Andes peruanos. Su historia, reconstruida por la historiadora María Victoria Márquez, nos devuelve a un siglo XVIII donde la frontera entre el comercio, la fe y el poder era tan difusa como fascinante.

Joseph Joaquín de Mendiolaza, originario de la Villa de Segura, en Guipúzcoa, llegó a Córdoba en las primeras décadas del siglo XVIII. En 1729 se casó con doña Theresa de las Casas y Ponce de León, una cordobesa de linaje distinguido, hija de Ignacio de las Casas y Cevallos y Theresa Ponce de León. Con este matrimonio, Joseph Joaquín aseguró no solo su integración a la élite local, sino también las bases de una empresa familiar que prosperaría durante casi medio siglo.

Nueve hijos, nueve destinos

Joseph Joaquín y Theresa tuvieron nueve hijos, y en ellos se reflejó el espíritu expansivo de la familia.

El primogénito, Joseph Ignacio, eligió la vida religiosa e ingresó a la Orden Franciscana. Nicolás, el segundo, tomó las riendas de los negocios familiares y se convirtió en una figura clave del comercio andino, casado con Manuela Meneses, nacida en la Corte de Madrid.

María de la Cruz y María Mercedes, las hijas mayores, sellaron alianzas estratégicas con las familias Allende y Uriarte, reforzando los vínculos comerciales entre Córdoba y el norte. Francisco de las Llagas se estableció en Huancavelica, mientras que Lorenzo se movía entre Lima y el Perú andino.

Francisco Xabier Eusebio, quien más tarde daría nombre a nuestra ciudad, siguió la carrera eclesiástica, al igual que su hermano mayor.

El menor, Felipe Neri, se casó con la salteña Francisca de Aguirre y estableció su residencia en Salta, extendiendo aún más el mapa familiar. Lorenza, la hija menor, murió joven y sin descendencia.

Comerciantes del espacio andino

Los Mendiolaza fueron, ante todo, una familia de comerciantes de larga distancia. Su principal fuente de riqueza fue el tráfico de mulas entre Córdoba y los mercados del Perú, un negocio clave en la economía colonial. Compraban crías en el Litoral, las invernaban en los campos cordobeses y las vendían en Potosí, Arequipa o Huancavelica.

Además, comerciaban con efectos de Castilla y “ropa de la tierra”, y hacia 1770 diversificaron sus intereses hacia productos como el azúcar y el tabaco.

El hermano de Joseph Joaquín, Gaspar Alejo de Mendiolaza, se instaló en Huancavelica y se convirtió en un importante azoguero —productor y transportista de mercurio—, al obtener la concesión del Real Trajín de Azogues, el sistema que abastecía de mercurio a las minas del virreinato. Este vínculo con la minería fue decisivo: el azogue era esencial para la refinación de plata, y controlar su transporte significaba tener una llave del poder económico colonial.

Redes, alianzas y poder

La expansión de los Mendiolaza no habría sido posible sin una trama de alianzas familiares. Los matrimonios con los Allende y los Uriarte les abrieron puertas en los circuitos mercantiles y financieros. Los vínculos con funcionarios de la Real Hacienda y corregidores les permitieron participar en el sistema de repartos forzosos de mercancías, un mecanismo que garantizaba grandes beneficios a quienes sabían moverse entre los márgenes del poder colonial.

A la vez, la familia actuaba como un sistema financiero propio. Nicolás de Mendiolaza prestaba dinero, financiaba ventas a largo plazo y controlaba la circulación de la plata entre Córdoba, Salta y el Perú. La cohesión familiar era su principal capital: cada hermano ocupaba un lugar estratégico en la ruta que unía los polos del negocio, desde Córdoba hasta Huancavelica.

El declive de una empresa familiar

El auge de los Mendiolaza comenzó a quebrarse hacia 1780. Las reformas borbónicas, los cambios en el comercio atlántico y, sobre todo, las rebeliones indígenas encabezadas por Túpac Amaru, desestabilizaron sus negocios en la región del Titicaca.

La muerte de Nicolás de Mendiolaza en 1781, asesinado por rebeldes en Chucuito, marcó el final de una era. Poco después murió su padre, Joseph Joaquín, y la familia entró en un largo y conflictivo juicio sucesorio que reveló fracturas internas.

El Real Trajín de Azogues, que había sido la joya del clan, caducó en 1778 y no volvió a ser adjudicado. Las deudas se multiplicaron, los socios desaparecieron y las redes comerciales se disolvieron.

De los Andes a las sierras

Con el paso de las décadas, el apellido Mendiolaza se desplazó del espacio andino al paisaje cordobés. Uno de sus descendientes, Francisco Javier Eusebio Mendiolaza, sacerdote y propietario rural, dio nombre a nuestra ciudad.

Así, la memoria de una familia que alguna vez controló rutas, minas y mercados sobrevive hoy en un topónimo. Detrás del nombre de Mendiolaza —tan cotidiano y cercano— late la historia de una empresa familiar que nació entre mulas, mercurio y alianzas coloniales, y que dejó su huella entre los pliegues del comercio y la historia.

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