El legado de Eduardo Burgos

La comunidad de Mendiolaza despidió recientemente a Eduardo Burgos, conocido y querido como el profe de karate, quien durante más de dos décadas formó a generaciones enteras de niños y jóvenes en la ciudad y en localidades vecinas. Su partida, a los 81 años, dejó un profundo vacío, pero también una huella imborrable que hoy continúa a través de sus discípulos.
Un maestro del karate y de la vida
“Eduardo Burgos era sensei, un gran maestro, un maestro de la vida”, recuerda con emoción Juan Kerloff, alumno y amigo cercano de Burgos. “Nos enseñó no solo la parte técnica del karate, sino lo que nosotros llamábamos el otro karate, el karate de la vida.”
Durante más de 20 años, Burgos fue parte del Área de Deportes y Recreación de Mendiolaza, donde impulsó la práctica del karate como disciplina formativa. También enseñó en Saldán, Unquillo y Río Ceballos, logrando que su escuela alcanzara, antes de la pandemia, más de 120 alumnos.
Oriundo de Santa Fe, se instaló en Unquillo en la década del ’70, donde formó su familia y su escuela. Trabajó durante años en el frigorífico Estancia del Sur y, tras jubilarse, dedicó todo su tiempo al karate. “Dio clases hasta el último día que el cáncer se lo permitió”, dice Kerloff.
El “karate de la vida”: enseñar a mirar al otro
Para Burgos, el karate era más que un arte marcial: era una forma de formar personas. Su método incluía tanto el entrenamiento físico como la preocupación por la vida cotidiana de sus alumnos.
“Él revisaba las libretas de los chicos, preguntaba cómo estaban en la escuela y se aseguraba de que llevaran buenas conductas. Era exigente, pero siempre desde el cariño. Para él, lo importante eran los niños. Decía: ‘Los grandes ya no importan, a mí me importan los niños.’”
El karate de la vida también se expresaba en acciones solidarias. Burgos solía convocar a sus alumnos para ayudar a familias con necesidades. “Un fin de semana levantamos una casa nueva para una mujer con cuatro hijos que vivía en una tapera. El lunes nos llamó llorando: era la primera vez que no había tenido miedo con sus hijos durante una tormenta”, recuerda Kerloff. “Él hacía esas cosas en silencio, sin mostrarlo nunca. Era muy humilde.”
El dojo continúa su camino
Tras su fallecimiento, el dojo de Mendiolaza continúa funcionando, sostenido por quienes fueron sus alumnos más cercanos. “Seguimos mis hijas, yo y otro alumno de él, Diego Luna, que vive en Unquillo”, explica Kerloff. “Fue un pedido suyo, casi en su lecho de muerte, y también de su esposa, que continuemos su legado.”
Las clases se mantienen en el Centro de Jubilados de Mendiolaza, donde se había trasladado el dojo luego del cierre del salón Cacho Seguí, los martes y jueves de 19:30 a 21:00. “Es una gran responsabilidad, pero también una responsabilidad con gusto”, dice Kerloff. “Es mucho esfuerzo, porque tenemos que cortar trabajo o estudios, pero lo hacemos con alegría. Los niños y los padres nos apoyan muchísimo. Eso te da una fuerza descomunal para seguir.”
Un legado que trasciende generaciones
La figura de Eduardo Burgos seguirá viva no solo en la memoria de Mendiolaza, sino también en cada niño que aprendió bajo su guía. Su enseñanza fue, en palabras de sus alumnos, un puente entre la disciplina marcial y la empatía humana.
“Su obra es enorme”, resume Kerloff. “Y mientras sigamos enseñando como él nos enseñó, su espíritu va a seguir entre nosotros.”

